No es necesario que te hayan abandonado para que puedas tener esta herida.

En mi caso esta herida se activó cuando yo tenía alrededor de 3 años.

Mi madre acababa de tener a mi hermano y los viernes se iba a hacer la compra dejándonos solos en casa.

Estamos hablando de los años 80. Vivíamos en un cuarto piso sin ascensor y ir a comprar con un recién nacido, una niña de 3 años y cargar la compra hasta casa, podía resultar misión imposible.

Por lo visto yo que quedaba pegada detrás de la puerta llorando y la vecina de enfrente salía al rellano para intentar consolarme.

Este hecho, que además se repetía una vez a la semana, fue lo que me provocó la herida de abandono.

No creas que yo he sido consciente de esto. Pero sí que es cierto que esta herida ha afectado en distintas áreas de mi vida sin que lo supiera. La más evidente para mi: el miedo que tenía a que me dejaran mis parejas.

Normalmente, ¿qué hacemos?

Tapamos la herida como forma de evitar que duela. No la tocamos, no la miramos y por lo tanto no la sanamos ni cicatrizamos.

Todo esto sucede de un modo tan inconsciente que no nos damos cuenta de hasta qué punto nos puede llegar a afectar.

El ego utiliza una máscara que evita que entremos en contacto con el dolor de la herida. Porque el ego cree que si sanas tus heridas él desaparecerá.

Entonces, el ego se encarga de que utilices tu máscara e impide que sanes la herida.

Cuando lo realmente liberador es que sanemos nuestras heridas más profundas porque eso nos devuelve un profundo estado de bienestar, tranquilidad y felicidad y sobre todo de libertad.

Para protegernos de la herida de abandono utilizamos la máscara del “Dependiente”.

Cuanto más profunda sea la herida, con más frecuencia sufrirás, y esto te obligará a llevar tu máscara más a menudo.

Nos ponemos la máscara cuando deseamos protegernos.

 

La herida interior puede comparase a una herida física que desde hace tiempo tienes en la mano pero que ignoras tenerla y cuya curación has descuidado. Prefieres vendarla para no verla. Este vendaje equivale a una máscara.

¿Creiste que así podrías fingir no tener la herida? ¿En realidad creíste que esa era la solución? Por supuesto que no. Todos sabemos, pero el ego no.

Esta es una de las formas en que el ego nos hace dar vueltas sin rumbo.

Regresando al ejemplo de la herida en la mano, digamos que la herida te duele cada vez que alguien te toca la mano, aun cuando se encuentre protegida por el vendaje. Cuando alguien te toma la mano con cariño y tú gritas: “¡Ay! ¡Me hace daño!” resulta fácil imaginar la sorpresa del otro.

¿Realmente deseaba hacerte daño? No, pero si te duele la mano cuando alguien te toca, es que tú no has decidido ocuparte de la herida. No hay nadie más que sea responsable de tu dolor.

Aquí muchas veces el problema o la dificultad reside en que llevamos tanto tiempo utilizando la máscara que no somos conscientes que debajo hay una herida.

Observando nuestra vida, nuestras reacciones, nuestras emociones…podemos intuir que algo hay.

Esas situaciones en las que reaccionas de forma desproporcionada; esas en las que otras personas opinarían que tampoco es para tanto pero tú no puedes evitar que te duelan o molesten.

Además, normalmente, en el fondo, suelen ser las mismas cosas/situaciones aunque puedan cambiar las personas o entornos donde ocurre.

Las máscaras que creamos para protegernos son visibles en nuestro cuerpo. De hecho el cuerpo habla y expresa lo que la boca calla. 

 

 

Características de la herida de abandono 

  • Surgimiento de la herida: entre el 1º y 3º año de vida. Carencia de muestras de afecto o del tipo de afecto deseado.
  • Máscara: dependiente.
  • Progenitor: del sexo contrario.
  • Cuerpo: largo, delgado, sin tono muscular, piernas débiles, espalda encorvada, brazos en apariencia demasiado largos y pegados al cuerpo, zonas del cuerpo caídas o flácidas.
  • Ojos: grandes, tristes, con mirada que atrae.
  • Vocabulario: “ausente”, “solo”, “no soporto”, “devoro”, “no me sueltan”.
  • Carácter: víctima, fusional. Necesidad de presencia, atención y, sobre todo, apoyo. Dificultad para hacer o decidir cualquier cosa por sí mismo. Pide consejos sin seguirlos necesariamente. Voz infantil. Dificultad para aceptar un “no”. Tristeza, llanto fácil. Causa lástima. Undía está alegre y el otro triste. Se retrae físicamente de los demás. Mental. Le gusta tener espectadores. Busca la independencia. Le gusta el sexo.
  • Mayor temor: la soledad.
  • Alimentación: buen apetito, bulimia, preferencia por alimentos blandos, come despacio.
  • Enfermedades posibles: lumbalgia, bronquitis, migrañas, hipoglucemia, agorafobia, diabetes, glándulas suprarrenales, miopía, histeria, depresión, enfermedades raras.

 

Un niño pequeño puede sentirse abandonado:

  • Por la llegada de un bebé nuevo.
  • Si los padres salen a trabajar y tienen poco tiempo para él.
  • Si ha permanecido ingresado varios días en el hospital.
  • Cuando los padres lo dejan a cargo de alguien, durante las vacaciones, incluso si son los abuelos.
  • Si la madre siempre está enferma y su padre demasiado ocupado o ausente para ocuparse de él, de modo que se ve obligado a arreglárselas por sí mismo.

Muchas personas que sufren la herida de abandono experimentan de pequeñas una profunda falta de comunicación con el progenitor del sexo opuesto.

La persona que sufre de abandono también suele sufrir de rechazo.

Al profundizar aún más en este estudio de caracteres, podrás comprobar que la mayoría de las personas tienen varias heridas, aunque no todas expresan el mismo grado de dolor.

Quienes sufren abandono consideran que no son queridas.

La ausencia de alimentación física también puede originar la herida de abandono, la cual suele comenzar antes de los dos años de edad.

La máscara que se crea la persona para intentar ocultar su herida es la del dependiente.

La persona con la herida de abandono cree que nunca recibe suficiente atención. Cuando parece desear llamar la atención por diversos medios, lo que está intentando en realidad es sentise lo suficientemente importante como para recibir apoyo.

Considera que si no logra llamar la atención de otra persona, no podrá contar con ella.

El niño dependiente tiene necesidad de sentir que, si da un mal paso, podrá contar con alguien para que lo levante.

El dependiente es una persona que dramatiza mucho: el más mínimo incidente adquiere proporciones gigantescas. P.e.: si su pareja no llama para avisarle de que llegará tarde, piensa lo peor y no comprende por qué le hace sufrir tanto al no llamar.

Al ver a una persona que se comporta como víctima uno se puede preguntar como se las arregla para ocasionarse tantos problemas.

Sin embargo, el dependiente no considera que lo que vive sean problemas, ya que estas situaciones le aportan el beneficio de tener atención, lo que le evita sentirse abandonado.

Para las personas con esta herida de abandono, sentirse abandonada es más doloroso que vivir los múltiples problemas que atrae a su vida.

Cuanto más víctima se siente, más profunda será su herida de abandono.

El dependiente a menudo sufre altibajos.

Está dispuesto a aguantar situaciones muy difíciles en lugar de ponerles fin. Su temor es “¿qué voy a hacer solo?” ¿Qué será de mi? ¿Qué me sucederá?”

Aún cuando no lo admita es posible que el dependiente ame el sufrimiento.

La persona dependiente tiene una enorme capacidad para no ver el problema que vive en pareja. Prefiere creer que todo marcha bien porque tiene miedo a ser abandonada.

Cuando el otro le anuncia que desea marcharse sufre enormemente, porque como no ha sido capaz de ver los problemas, no lo esperaba.

Cuando el dependiente se siente abandonado, considera que no es lo suficientemente iimportante para atraer la atención de otro.

La tristeza es la emoción más intensa que experimenta el dependiente. Constantemente, siente esta tristeza en lo más profundo de su ser sin que pueda comprender o explicar de donde proviene; para no sentirla, busca la presencia de otros.

Sin embargo, es capaz también de irse al extremo opuesto; es decir, de alejarse o apartarse de la persona o la circunstancia que le causa esa tristeza o ese sentimiento de soledad. No se percata de que cada vez que lo hace, abandona su entorno.

En momentos de crisis, puede incluso llegar a pensar en el suicidio. Por lo general, solamente habla de ello y amenaza a los otros de que lo hará, sin consumarlo, ya que todo lo que busca es apoyo. Si intenta suicidarse, fracasará.

¡Gracias por compartirlo!
×

¡Hola!

Haz clic en la foto para enviarme un mensaje de Whatsapp o mándame un email a esther@coachingexcellence.es

×
UA-113000173-1