Ya de pequeños oímos cosas como:

 

  • “Qué niño más malo”
  • “Es muy torpe”
  • “Es mal estudiante” etc.

 

Y sin darnos cuenta nos vamos encasillando, sin pretenderlo, en las definiciones que otras personas hacen de nosotros.

 

Además, las definiciones habitualmente no hablan de nuestra conducta o comportamiento, sino de nuestra forma de ser, de nuestra identidad.

 

Es diferente decir: “a ratos se comporta de una forma muy activa” que decir “este niño es hiperactivo”.

 

Si me colocan la etiquetea de “hiperactivo” hay una parte de mí que, sin darme cuenta, va a empezar a sentirse identificada con una etiqueta que, ni siquiera, me he puesto yo, sino que me han puesto los demás.

 

En mi caso te puedo decir que yo crecí escuchando a mi entorno más cercano decirme que yo era muy fuerte y eso, sin ser consciente, hacía que no me permitiera sentirme vulnerable y mostrarlo.

La etiqueta de “tú eres fuerte” era como una pesada losa que portaba sobre mis espaldas.

 

Si además, resulta que eso que dicen una o varias personas sobre mí se lo comunican a otras personas y ellas empiezan a decir o mismo de mí, entonces quizás aún tenga más sentido pensar que es cierto y me lo acabe creyendo. 

 

Y, además, estas etiquetas perduran en el tiempo, a pesar de que estas puedan haber “caducado” hace mucho.  Una vez alguien te cuelga el cartelito de “torpe” es probable que no te lo quite nunca.

 

Y, por ejemplo, la persona a la que le cuelgan la etiqueta de “vago” de alguna forma, e inconscientemente, acomoda su vida a un concepto que le viene dado de afuera. 

 

Y esto sucede continuamente.

 

Y si no observa tu mente y cuántas veces eres capaz de pillarte pensando “Fulanito es esto” o “Menganito es un tacaño”, etc. 

 

Además, la mayor parte del tiempo, por no decir casi todo,k lo que decimos u opinamos de los demás habla más de nosotros mismos que de ellos.

 

Tenemos la habilidad de ver con mucha claridad nuestra sombra proyectada en los demás, convencidos de que en realidad es la sombra del otro.

 

Y, como dice el refrán:

 

“Vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”

 

Así que, a partir de ahora, te invito a que observes, cuando hablas de otra persona, si lo que dices es una proyección de tu propia sombra en la otra persona. 

 

Seguramente el ego quiera hacer de las suyas y te convenza con buenos argumentos y de forma rápida, de que por supuesto no estás proyectando nada tuyo. 

 

Nuestro ego cree que somos puros e inmaculados y nos hace creer que el problema siempre viene de afuera, del otro y nunca de nosotros mismos.

 

Es por todo esto que no deberíamos dejar que los demás definieran quien somos, quien fuimos y quien podemos llegar a ser. Porque lo que nos digan, seguramente hablarás más de ellos mismos que de nosotros. 

 

Tener una fuerte autoestima nos hace menos dependientes de la aprobación externa. 

 

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Si lo prefieres aquí puedes ver los testimonios de algunas de las personas con las que he tenido el placer de trabajar. 

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